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Article Excerpt Lo normal es que baya posturas divergentes en Europa con respecto a la guerra: así es la democracia. Lo peligroso, afirma Vargas Llosa, es la perseverancia de los nacionalismos violentos que se agitan en su seno (particularmente en España), más cercanos al acto de fe que a la verdad histórica y la razón.
Muchas voces criticas se han alzado últimamente contra las desavenencias surgidas entre los gobiernos europeos con motivo de la posible guerra en Iraq. Los contradictorios puntos de vista --apoyando una intervención armada unilateral de los Estados Unidos, supeditándola a una resolución del Consejo de Seguridad, o rechazándola en cualquier caso-- parecen a algunos comentaristas, entre ellos Giscard d'Estaing, un peligro para la construcción de Europa, pues, dicen, la falta de un criterio común ante este gravísimo problema merma, o acaso anula, la influencia que la Unión Europea podría tener en la solución de la crisis, y delata entre sus miembros un divisionismo que socava las bases sobre las que se trata de erigir la integración europea.
Me permito discrepar de esta visión pesimista, que, me temo, deja adivinar en quienes la patrocinan una idea de la futura Europa muy poco democrática. La diferencia de pareceres entre los gobiernos europeos sobre el tema de la guerra de Iraq es una expresión natural y coherente de las distintas posiciones que en las sociedades europeas suscita --como no podía ser menos-- el gravísimo tema de una guerra que parece poco menos que inminente y es saludable que ese debate se exprese a plena luz y se refleje en el ámbito gubernamental. La Unión Europea no puede comenzar negando la realidad social y política que está tratando de modelar dentro de una gran alianza o confederación de pueblos, sociedades y naciones, sin desnaturalizar la esencia misma de su razón de ser, que es la cultura democrática, es decir, la coexistencia en la diversidad de ideas, credos, razas, tradiciones, lenguas, doctrinas, bajo el signo de la libertad y la legalidad. El denominador común de la futura Europa no puede constituirse negando la evidencia --la variedad de posiciones políticas que florecen en su seno--, sino, más bien, fortaleciendo la tolerancia y alentando el diálogo, los debates y el libre cotejo de pareceres en busca de la casi siempre elusiva verdad. Es cierto que, algún día, en el futuro --y ojalá que en un futuro próximo-- cuando la Unión Europea sea una entidad constituida y tenga un solo gobierno, tendrá también una sola voz y un solo punto de vista en cuestiones internacionales. Pero aun entonces será indispensable que las voces discrepantes, minoritarias y particulares, se hagan siempre oír, matizando el discurso oficial, pues ya sabemos que sólo en casos excepcionales la unanimidad es genuina y democrática. No es la diversidad de actitudes políticas, ni de ideas, ni las polémicas que oponen a sus ciudadanos, líderes de opinión o gobiernos lo que amenaza la unidad europea en ciernes; a mi juicio, más bien la van fraguando con el más potente aglutinante, que es la libertad. Hay obstáculos más graves para la edificación de Europa que la discrepancia entre opciones opuestas o, como en la crisis del Medio Oriente, entre lo que Isaiah Berlin llamaba las verdades contradictorias. Aquellas discrepancias no debilitan la solidaridad europea, porque no mellan el denominador común que es la adhesión a los principios democráticos; otras, en cambio, sí.
Friedrich Hayek escribió en Camino de servidumbre (1944/1945) que los dos mayores peligros para la civilización eran el socialismo y el nacionalismo. El gran pensador austriaco seguramente hubiera enmendado esa frase en nuestros días, suprimiendo en ella el vocablo socialismo y reemplazándolo por integrismo o fanatismo religioso.
El socialismo al que Hayek se refería era el marxista, enemistado a muerte con la democracia liberal, a la que estigmatizaba como máscara de la explotación capitalista. Ese socialismo quería acabar con la propiedad privada de los medios de producción, colectivizar la tierra, nacionalizar las empresas, centralizar y planificar la economía e instalar la dictadura del proletariado como paso inicial hacia la futura sociedad sin clases. Aquel socialismo marxista prácticamente desapareció con la desintegración de la Unión Soviética y la conversión de China Popular al capitalismo autoritario del partido único. Su epitafio fue la caída del muro de Berlín, hace catorce años.
El socialismo que existe, y que goza de excelente salud, afortunadamente para la cultura democrática ya no es socialista en la acepción marxista de la palabra. Acepta que la empresa privada produce más empleo y riqueza que la pública, sobre todo en un régimen de mercado, y es un convencido valedor del pluralismo político, las elecciones, la libertad y el Estado de Derecho. Este socialismo ha dejado de ser ideológico y se ha vuelto ético y pragmático. En vez de preparar la revolución está empeñado en la defensa del estado del bienestar, de políticas públicas de asistencia social a los parados, los ancianos, las minorías desvalidas y en una redistribución de la riqueza a través del impuesto para corregir lo que llama desequilibrios del mercado. En muchos casos, estas políticas, en el campo económico y social, resultan poco diferenciables de las que promueven los liberales o incluso los conservadores. De hecho, en nuestros días, sería laborioso tratar de encontrar diferencias significativas entre las políticas económicas del gobierno de Tony Blair en el Reino Unido y las de José María Aznar en España, o entre las que aplicó la democracia cristiana de Helmut Kohl en Alemania y las que ha puesto en práctica su sucesor, el socialdemócrata Gerhard Schroeder. Este socialismo no es enemigo, sino componente central de la cultura democrática en el mundo moderno.
El nacionalismo, en cambio, sigue siéndolo. No de la manera explícita con que aparecía cuando Hayek estampó aquella frase, encarnado en los rostros tremebundos del nazismo de Hitler, el fascisnio de Mussolini o del franquismo. En nuestros días, el nacionalismo ya no es tan unívoco ni tan sesgado hacia el extremismo derechista como entonces; hoy es, más bien, un animal proliferante y escurridizo, de muchas cabezas, que adopta comportamientos diversos y adversarios entre sí. Contrariamente a lo que muchos optimistas llegaron a pensar, que, luego de la hecatombe de las dos guerras mundiales provocadas por él, iría languideciendo hasta desvanecerse, o vegetaría en los márgenes de la vida política de las naciones occidentales, enquistado en grupúsculos huérfanos de representación electoral, el nacionalismo ha experimentado un notable renacimiento y provocado la partición de Checoslovaquia, y catástrofes como la de la extinta Yugoslavia, donde la exaltación nacionalista serbia permitió a Slobodan Milosevic hacerse con el poder absoluto, a resultas de lo cual se produjo la desintegración del país y una guerra racista y genocida...
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