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Article Excerpt Para Guillermo Cabrera Infante y Miriam Gómez
Marx y Freud estarían próximos uno del otro por el materialismo y la dialéctica, con esa extraña ventaja de Freud de haber explorado figuras de la dialéctica, muy próximas a las de Marx, pero quizás también más ricas que ellas, y como previstas por la propia teoría de Marx.
-- LOUIS ALTHUSSER
--¡ACUÉSTESE! Me escabullí de sus ojos, parapetado en un silencio casi estúpido, con el mismo pavor de Odiseo ante la mirada unívoca del cíclope. ¿Cómo me había atrevido a formularle una petición tan humillante? Resultaba absurdo imaginar su ancho volumen extendido sobre cuatro sillas penosamente alineadas como si fuese una dama de sociedad tomando un baño de luz eléctrica. (Según sus ayudantes, había sido imposible encontrar un diván de su tamaño en las mueblerías de la zona.) Y, para colmo, yo había insistido en sentarme a su vera, como si quisiera aprovecharme de esa ventaja táctica, con el orgullo de un naturalista que observa el comportamiento de una rara especie de lagarto. La sola propuesta constituía un ultraje: un gigante indefenso sólo puede aspirar a la ternura o al escarnio.
Le bastó un ademán para demostrarme que yo había sobrestimado mi función: él no era un hombre como cualquier otro, sino un héroe, un ser que oscila entre lo humano y lo divino --y conserva algo de monstruoso--, y por tanto yo, un simple mortal (y para colmo mexicano), cometía un sacrilegio al tratarlo con la suficiencia de los médicos que exhiben la debilidad de sus pacientes. Cubriéndome con su sombra imperturbable, me redujo a la condición de bestia mientras él se asumía como potencia natural; yo apenas distinguía sus rasgos, pero me bastó atisbar el resplandor de su barba para reconocer la magnitud de su desprecio. Recortado a contraluz, parecía un profeta enfrentado, en la morosidad del trópico, a mi inicua falta de fe.
--Pensé que se sentiría más cómodo.
Su mirada me fulminó sin remedio: yo debía considerarme suficientemente afortunado con su compañía (¡cuántos de sus fieles se debatían por una audiencia!), como para imponer mis condiciones. Era él quien escribía la Historia --mejor: quien la dictaba-- y, por más preparado o sagaz que me creyese, por más trabajo revolucionario que hubiera realizado, por más recomendaciones que trajese conmigo desde Francia, yo no era más que un intérprete. Si había aceptado consultarme (era un decir), si al fin había decidido concederme un poco de su tiempo --algunos fragmentos de su vida, lo cual ya constituía un pago inmerecido--, no se debía a mi importancia académica, y mucho menos a mi simpatía por su causa, sino a mi supuesta capacidad para descifrar su falta de sueño.
Nadie ponía en duda su lucidez --al contrario, ¡qué razón más alta que la suya!-- y, por tanto, él no buscaba una cura --¿de qué podía curado yo?; sólo requería la opinión de un experto que lo ayudase a apaciguar esa parte de sí mismo que lo mantenía en vela por las noches. En ese esquema, yo sólo era un "trabajador de la mente", no muy distinto de un plomero o un ebanista: una vez reparado el desperfecto (su insomnio), podía marcharme con la satisfacción de haber cumplido mi tarea. Eso era todo. Nuestra relación de ningún modo sería personal: como los brujos o santeros a quienes sus compatriotas consultan a escondidas, me bastaba con despejarle el futuro. Y luego, como cualquier sacerdote, simplemente debía callar.
--¿Y usted cree que a mí me interesa la comodidad? --ocultaba su ira detrás de un perfecto autocontrol--. ¿Que a mí puede interesarme la comodidad? La comodidad, a mí, que he pasado meses en la sierra, sin bañarme, sin tocar siquiera el agua, durmiendo en cuevas o en trincheras a mitad de la selva, a merced de los animales, sucio y maloliente ...
Su entonación precisa y machacona, un tanto gangosa y apenas segura de sí misma no me pareció tanto la de un prócer o un titán como la de un cronista deportivo o un modesto abogado defensor. Durante largo rato continuó quejándose de mi banalidad y mi torpeza: ¿es que no veía que las comodidades eran una extensión de la tibia moral burguesa ...?
Mientras él proseguía su perorata --no quedaba otro remedio que fingir interés--, yo no dejaba de lamentar la paradoja que me devolvía al psicoanálisis. Al decidirme a abandonar Francia a principios de abril de 1971 para seguir a Claire en su fuga --en su aventura--, sabía de antemano que mi carrera clínica había quedado clausurada: mi voluntad de perseverar con la lucha clandestina implicaba mi tácita expulsión de la academia. No me importó: en esos momentos de desencanto tenía la sensación de que, a pesar de haberlo leído y estudiado, de haber aprendido de memoria sus teorías y formulaciones, y de ser miembro activo de su escuela, en realidad yo nunca había llegado a comprender las maquinaciones de Lacan. Si bien durante aquellos meses me había considerado uno de sus más celosos discípulos, ahora reconocía el espejismo: sentía que en realidad él nunca dijo lo que yo creí que dijo o lo dijo por razones opuestas a las que yo le adjudicaba.
Incrustado de lleno en la acción revolucionaria, ahora me interesaba más aprender el funcionamiento de ametralladoras y explosivos que la improbable esquizofrenia de unos cuantos burgueses contumaces. De pronto términos como falo, estadio del espejo u objeto a ya no sólo me sonaban misteriosos sino fatuos. ¡Qué irrisión!...
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