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Un viaje al Parnaso de Pedro Estala.

Publication: Dieciocho: Hispanic Enlightenment
Publication Date: 22-MAR-03
Format: Online - approximately 14208 words
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Article Excerpt
Ya no hay quien suba a la cumbre del Parnaso, que es monte de musas y dificultades y se les hace muy cuesta arriba. (Diego de Torres Villarroel)

Las semillas de la primera generación de escritores y eruditos que hoy consideramos estrictamente neoclásicos y amigos del espíritu ilustrado europeo, hallarán tierra fértil en la joven generación de poetas que se forman en Salamanca en la década de los 70 bajo el influjo de la fascinante personalidad del capitán Cadalso. Allí Meléndez Valdés, José Iglesias de la Casa, León Arroyal, Juan Pablo Forner, fray Juan Fernández de Rojas o fray Diego González (que mantendrá unido al grupo cuando Cadalso abandone la ciudad del Tormes) (1) leen con fervor a los clásicos españoles y latinos y se inician en la traducción de los poetas griegos, en la idea de que es urgente abrir nuevos caminos para la lírica en un momento en que, si por un hado todavía estaban vivos los amaneramientos barrocos, por otro proliferaba una literatura fría y prosaica. Para los jóvenes poetas ambas tendencias delataban la corrupción y pobreza del panorama literario, cuya renovación sólo podría venir de la imitación de los poetas clásicos.

Una vez terminados los estudios superiores, todo parece apuntar a que el grupo salmantino se disuelve. Sin embargo no es así, pues, aunque Meléndez e Iglesias se quedan en Salamanca, no pierden el contacto con Juan Pablo Forner en Madrid. Este ha encontrado allí un lugar ameno en el que reunirse y compartir sus inquietudes literarias: la celda del padre Pedro Estala. Nacido en Daimiel (Ciudad Real) en 1757, y ordenado sacerdote en 1781, trabajó como profesor de Humanidades en el Colegio de San Femando de las Escuelas Pías del Avapiés y fue después catedrático de Retórica y Griego en el Seminario Conciliar de San Carlos de Salamanca. Una vez secularizado, ingresó como bibliotecario en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid, donde ocupó todos los escalafones, hasta que hubo de expatriarse a Francia por apoyar al rey José I durante la guerra de la Independencia. Entre sus contemporáneos fue relativamente conocido como crítico literario, helenista y traductor. Entre sus trabajos más importantes se recuerdan las ediciones que realizó para la famosa Colección de poetas castellanos de Ramón Fernández (2) y los discursos que sobre la comedia y la tragedia antepuso a sus traducciones del Edipo de Sófocles y del Pluto de Aristófanes. Fue autor además de una de las colecciones de mayor éxito en la época, El Viajero Universal o noticia del mundo antiguo y nuevo, compilación de viajes y descripciones de lugares de todo el mundo elaborada a partir de textos de diversos autores (3).

Sabemos que Estala organizaba una tertulia a la que desde 1781 asistían con regularidad el escolapio Juan Navarrete, Leandro Fernández de Moratín --al que conocía desde niño-, Juan Antonio Melón y en ocasiones, también León de Arroyal. A esta tertulia se incorpora Forner en tono a 1783, cuando Estala se lo presenta al joven Moratín, que quería conocer al ganador del premio que la Academia había concedido al autor de una sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana por los malos poetas. Como se sabe, el fallo (en junta celebrada el 15 de octubre de 1782) recayó en la composición de Forner, mientras que Moratín recibió un accesit. Pronto trabaron una sólida amistad, que se prolongaría en el tiempo, como demuestran los epistolarios que se han conservado de estos personajes. Según testimonio de Juan Antonio Melón, entre las actividades que se desarrollaban en estas reuniones estaba la lectura de los borradores de las obras que cada uno de ellos traía entre manos, con el fin de someterlos a la crítica de los demás. En otras ocasiones formaban proyectos de publicaciones interesantes, como un diccionario de hombres ilustres, una enciclopedia para las damas, la traducción de las disertaciones bíblicas del padre Calmet, y otras obras de esta índole, ninguna de las cuales llegó a buen puerto (4).

Alrededor de 1783, Forner, Moratín, Estala y Navarrete fundan una imaginaria Academia y redactan unos estatutos (5), que no son sólo un divertimento en una tarde de asueto, sino un gesto de inconformismo con el estado de la república de las letras española. Fueron reproducidos por L. A. Cueto en nota a pie de página en su edición de los poetas del siglo XVIII. Creemos que merece la pena volver a recordarlos por la información que aportan sobre los intereses literarios, sociales y culturales de estos jóvenes escritores que se atribuyen "el papel de porteros del Parnaso", y porque suponen un manifiesto literario en toda regla.

En el capítulo primero se deja constancia de las condiciones que habrán de reunir los académicos: "No serán admitidos abogados ramplones, teólogos de machamartillo, médicos sistemáticos ni filósofos petimetres. La academia ha de ser demasiado humilde para que pueda honrarse con tan ilustres individuos. Bastará admitir buenos poetas, buenos oradores, buenos críticos, buenos humanistas. Es muy conveniente que este género de profesores hallen acogida y premio en alguna parte, ya que no le han hallado hasta ahora en ninguna. A la Academia no le ha de importar maldita la cosa el saber si sus individuos son cristianos viejos o lampiños, rancios o frescos, verdes o pasados. Un descendiente de Mustafá deberá ser preferido a uno de Pelayo, si éste es un salvaje y el otro un varón docto. Así, las pruebas e informes que se harán para la admisión de algún individuo recaerán sobre su doctrina, y nada más [...]. El juramento único que se tomará a todo individuo será el de detestar la secta semigálica, y defender a sangre y fuego el verdadero buen gusto castellano, así en prosa como en verso. Y por lo mismo deberá obligarse a promover la afición a nuestros buenos escritores de los siglos XVI y XVII, que serán su único norte y guía. Si, por desgracia de la Academia, pretendiesen ser admitidos algunos Iriartes (6) Olmedas (7), Valladares (8), etc. de quienes consta que son de un gusto estrafalario y perverso, sin tener cuenta con la opinión que ellos tienen de si, se les hará entender que han de entrar a aprender y ser juzgados ínterin pierden los resabios de su primer estilo. Sin esta condición precisa, no serán admitidos. No será admitido ninguno de quien conste que ha de formar relación de méritos".

En el capítulo segundo se establece que no habrá jerarquías de ningún tipo. Sólo se nombrará un secretario y "en lo demás, todos los individuos serán fiscales, presidentes y censores, porque, como los sueldos de esta academia son ningunos, no hay necesidad de introducir estas distinciones para enriquecer a tres o cuatro, con perjuicio de la libertad de los demás". En cuanto a los trabajos, el capítulo tercero señala que "versarán principalísimamente sobre la poesía y la crítica castellanas, facultades ambas que andan descarriadas y que por lo mismo necesitan acogida y abrigo para que no se pierdan". Por último, "como el fin de la Academia debe ser adelantar, no ostentar; refinar el gusto y no aspirar a pasar por doctos, las obras de los individuos se juzgarán con un rigor rigidísimo por todo el congreso, sin que sea licito a ninguno creer que es incapaz de errar. Nuestra Academia no se compondrá de infalibles o de los que juzguen que lo son. Esta gente nos deslumbraría con sus grandes luces". Los estatutos están titulados, el día de la Virgen, por Alfesibeo, secretario, Damón, Mirtilo y Amintas (9).

De las actividades desarrolladas en esta Academia podemos hacemos una idea a partir de uno de los testimonios que se nos ha conservado. Nos referimos a una miscelánea de textos manuscritos titulada Versos y prosas que se han escrito en una Cofradía de hombres de letras en celebridad de las Felicidades de España, para exemplo y escarmiento de los que las han celebrado indignamente. Se trata de una serie de composiciones satíricas en las que se ridiculizan los desbordamientos incongruentes que muchos versificadores rabian compuesto para cantar varios magnos acontecimientos celebrados aparatosamente en la corte de Caros III: el bombardeo de Argel por el Teniente General de la Armada, Antonio Barceló (agosto de 1783 (10)), la paz de Versalles, con la que finalizaba la guerra contra Gran Bretaña (3 de septiembre) y el nacimiento de los infantes mellizos, Carlos y Felipe, el 5 de septiembre del mismo año, hijos del entonces Príncipe de Asturias, futuro Carlos IV, y María Luisa de Parma (11). Estos episodios despertaron el entusiasmo de numerosos poetas, que se sintieron llamados a celebrar tan grandes eventos con su lira. Entre los que escribieron podemos citar a Vicente García de la Huerta (12), José de Vargas Ponce (13), Alfonso Antonio Cuadrado (14), Mariano Nipho (15), Manuel Fermín de Laviano (16) o Miguel García Asensio (17). En la mayoría de los casos, estas composiciones no han sido dignas de quedar en la memoria de la posteridad.

El manuscrito referido, que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid (ms. 3703), consta de las siguientes partes: un prólogo (fols. 155r.-157r.), probablemente redactado por Forner; varias composiciones firmadas por Amintas, como la "Carta familiar a Lelio" (fols. 157v.-160v.), la "Carta del tonto de la duquesa de Alba a un amigo suyo de América", seguido del poema Augustísima Luisa (fols. 183v.-189r.) y la "Carta de M. V. Marcial a Don Manuel Fermín" (fols. 189v.-191v.) (18); una "Elegía" (fols. 171v.-174r.), firmada por Mirtilo, que era el nombre arcádico de Moratín (19); y una "Égloga" o "Noche pastoril y festiva" (fols. 175r.-183r.), compuesta y cantada por los "zagales de Carabias", Arcadio (José Iglesias de la Casa) y Batilo (Juan Meléndez Valdés).

Pero, además, entre los folios 161r. y 171r. se incluye un viaje burlesco al Parnaso en el que se intercala un elogio a Carlos III en forma de profecía puesta en boca de un anciano; todo este bloque aparece firmado por Damón, nombre pastoril de Pedro Estala. A pesar de ello, Cueto publicó el fragmento de la profecía entre las obras poéticas de Juan Pablo Forner, basándose en el hecho de que, aunque "el manuscrito no es autógrafo de Forner, contiene correcciones de su mano" (20). El profesor López también duda de que el autor sea el escolapio daimieleño y apunta que sin duda quien redactó este texto fue el magistrado extremeño (21). No da ninguna razón para sustentar tal afirmación, pero imaginamos que su hipótesis de atribución se basa en que se combinan versos y prosas, como le gustaba hacer a Forner (22), y en que la crítica a los malos poetas se encauza a través de un viaje al Parnaso, que es también el motivo central de las Exequias de la lengua castellana. Sin embargo, ninguna de éstas es razón suficiente, sobre todo teniendo en cuenta que Estala sabia hacer versos y que la ficción alegórica del viaje al monte sagrado no sólo inspiró a Forner, sino que es también el motivo de La derrota de los pedantes, de Moratín. En las tres obras se satiriza ingeniosamente algunos aspectos de la literatura del momento y a ciertos autores íntimos contemporáneos o anteriores.

Desde nuestro punto de vista, la atribución a Pedro Estala de los textos manuscritos que vamos a transcribir a continuación es obvia (23). En primer lugar, aparecen copiados bajo la firma de Damón, dato que no consideramos irrelevante. Si hubieran sido concebidos por otro, sin duda ése los hubiera firmado, pues entre amigos y cuando la intención era el entretenimiento privado y no la publicación o lucimiento exterior (24), no había por qué disimular y hacer falsas atribuciones. Aunque Estala recibiera algún consejo o corrección de sus amigos poetas, no creemos que resulte arriesgado atribuirle en su totalidad las composiciones firmadas por su habitual seudónimo, pues tenemos noticia de que en estas fechas tuvo bastantes escarceos con la poesía lírica. Él mismo, camuflado tras El censor mensual (25), confiesa muchos años después en el Diario de Madrid su afición juvenil a componer versos (26), actividad que no debía ser un mero pasatiempo cuando el propio Forner, en una carta que dirige a este diario, apunta que estaba convencido de que Estala iba a convenirse en poeta (27). Por lo demás, en torno a 1783-84, nuestro helenista estaba traduciendo a Sófocles en endecasílabos y a Aristófanes en octosílabos,...

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