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Lacrimosidad, panteismo egocentrico, amor loco, ansias de la muerte y fastidio universal en cuentos de la prensa del XVIII.

Publication: Dieciocho: Hispanic Enlightenment
Publication Date: 22-MAR-03
Format: Online - approximately 18687 words
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Article Excerpt
El recorrido desde el neoclasicismo hasta el romanticismo se hace por la evolución mas bien que por la revolución [...] la pacífica evolución del neoclasicismo hacia el romanticismo, al influirse la poética por la filosofía ilustrada y pasar liberalizándose desde una postura racionalista, deductiva, cartesiana a una nueva postura observadora, inductiva, lockiana --al tomar en una palabra, una nueva actitud sensualista- ante el proceso creativo y los objetos naturales de la imitación. (Sebold 53-54)

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Las ideas de Russel P. Sebold, han inspirado, en los últimos años, abundantes investigaciones sobre el llamado "romanticismo dieciochesco". Fundamentalmente a través de la lírica y del teatro se han ido acumulando ejemplos de Meléndez Valdés, Cándido María Trigueros, Gaspar Melchor de Jovellanos, etc., en los que se presenta una sensibilidad y una actitud ante la literatura en las cuales el sentimiento priva sobre la racionalidad.

Romero Tobar (89-91) ha cuestionado las ideas de Sebold, reprochándole que no ha analizado lo suficiente todos los géneros literarios y formas de la producción intelectual de la época. Lamenta Romero Tobar la poca atención que ha prestado a la narrativa y a la prosa periodística romántica.

Este trabajo pretende demostrar la existencia en la narrativa en prosa aparecida en la prensa dieciochesca de las características propias de una literatura sentimental y egocéntrica. La condición sensible de autores y personajes del romanticismo dieciochesco les lleva a una serie de manifestaciones: lacrimosidad; panteísmo egocéntrico; amor loco; ansias de la muerte y por encima de todo, como representación más característica del sentir romántico al "fastidio universal"

Los años 1770-1800 que Sebold en su cronología del romanticismo caracteriza como los del primer romanticismo español (127), son también los de la aparición de los periódicos españoles. Todos los historiadores de la prensa de España (Gómez Aparicio, Seoane, Saiz, Valls, Sanchez Aranda y Barrera) coinciden en la importancia de esos años y en que a pesar de las múltiples prohibiciones de los gobiernos de Carlos III y Carlos IV, los "papeles periódicos" iban a empezar una período de expansión que se incrementaría vertiginosamente en el XIX. No es raro, por lo tanto, que podamos encontrar huellas de las manifestaciones del sensualimo romántico dieciochesco en las páginas de estos periódicos.

Páginas en las que aparecen cuentos, en número suficiente para incorporar todas las características que antes hemos mencionado. Si bien, y en buen acuerdo con la idea de utilidad e instrucción tan cara a los ilustradas, la mayoría de los cuentos de esos años son cuentos morales, hay abundantes manifestaciones de la sensibilidad romántica en la narraciones que hemos podido recoger. El patetismo, el gusto por la situaciones trágicas y dramáticas y la presentación emocional, sentimental y lacrimosa de esas escenas es uno de los elementos que con más frecuencia se pueden encontrar.

A poco que se recorran las páginas del Correo de los Ciegos de Madrid o de cualquier otra publicación periódica de esos años es fácil advertir la abundante presencia de relatos históricos. La prensa del dieciocho se encontraba a gusto con ese género de narraciones "tan útiles e instructivas como deleitables" según decían los editores del Correo de los Ciegos en el prólogo al tomo sexto.

En el "Prólogo" al Tomo sexto se justifican la presencia en el periódico de relatos históricos porque "la experiencia ha mostrado que los rasgos históricos y anécdotas son tan útiles e instructivas como deleitables". Pero el análisis de los cuentos de temas históricos de ese tomo nos presenta una serie de relatos novelescos, muy marginalmente históricos y que tratan de hechos sorprendentes, preferentemente amorosos. No sólo eso sino que los relatos van precedidos de una entradilla, a modo de titular que enfatiza el aspecto novelesco y peregrino de la historia. Así los relatos aparecen presentadas con entradillas como éstas: "La hermosura de un joven turco que vivía en Antioquia es causa de crueles guerras entre Francia y la Inglaterra" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1789, VI, 25032504); "Una joven doncella que iba todas las mañanas a una fuente es causa de que un príncipe tártaro se arme contra el Kan, su padre, y le quite la vida" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1789, VI, 2453-2455/2470-2471); "Los amores romancescos del Duque de Buckingham causan una guerra de religión y la toma de la Bastilla" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1789, VI, 2733-2734). La coartada de la instrucción viste a relatos muy poco históricos y muy novelescos.)

En muchos casos se produce unas evidente literaturización o mejor aún una novelización de los episodios históricos que son utilizados por los escritores que cultivan ese género de narraciones. Los asuntos que se seleccionan resultan llamativos por su extrañeza o por su cualidad patética y el desarrollo presta más atención al destino de los personajes y a la aventura que se cuenta que a la fidelidad histórica.

Uno de estos cuentos es "Rasgos Sueltas de la Historia de Ciro". El cuento tiene dos partes, que son en realidad dos cuentos distintos sobre dos parejas de enamorados. El primero, más breve, cuenta la historia de Tigranes y su esposa. El segundo, el principal, es la historia de Panthea y Abradates. Con este titula sería publicada un cuento sobre el mismo tema, pero con diferente redacción, en 1807, en el Correo de Sevilla. En una batalla Ciro hace prisionera a Panthea, mujer de Abradates, famosa por su extraordinaria belleza. Tanta es esa belleza que Ciro prefiere no ver a su prisionera para no verse tentado por ella. Araspes, su confidente, afirma que él no sería tentado por esa belleza y Ciro le confia la custodia de Panthea. Pero Araspes se enamora violentamente y Panthea se ve obligada a quejarse a Ciro. Ciro llama a Araspes y le exhorta, ante el arrepentimiento de éste, a purgar su error buscando la gloria en la batalla. Panthea impresionada por la generosidad de Ciro decide intentar que su esposo Abradates abrace la causa del Rey de Persia. Lo consigue y Abradates se incorpora a las tropas de Ciro. Al poco tiempo Ciro parte a la guerra con Asiria y Abradates va con él. La separación entre Panthea y Abradates es muy dolorosa. Abradates muere en la guerra y Panthea se suicida ante el cadáver de Abradates.

El cuento en principio es una narración que pregona las excelencias de las virtudes de la misericordia y la generosidad en el gobernante, un tipo de relato que se repite en la prensa de esos años, por ejemplo, "Rasgo de Heroismo. El Emperador Achmet I" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1787, 193); "El Czarevvits Fevvei, Cuento" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1788, 541542/546-549/554-557/566-567); "Villano del Danubio" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1788, 619-622/627-629/636-638); "Rasgo de Piedad del Emperador Marco Aurelio" (Correo de los Ciegos de Madrid, 1788, 733-737); "El Paseo de Scha-Abas, Rey de Persia" (Correo Literario de Murcia, 1793, 185-189).

Pero la trágica historia de amor de Panthea y Abaradates gana protagonismo y termina siendo el eje de la historia. Por eso las partes principales del relato se centran en ellos y muy especialmente en dos momentos: el llanto de Panthea ante el cuerpo de su esposo y la separación de los enamorados en el momento que Abradates se dirige a la batalla donde encontrará la muerte. La separación es descrita con abundantes detalles de patetismo.

Llegó el día señalado y estando Abradates en disposición de embrazar su coraza, le llevó Panthea un casco de oro, brazaletes del mismo metal, una túnica de púrpura y un penacho de color de jacinto. Sorprendiose Abradates al ver aquellas armas fabricadas, sin saberlo él, por orden de Panthea. "Mi amada Panthea," le dijo "¿te has despojado de cuanto te servía de adorno parar hacerme esta armadura?" "No," respondió Panthea "la más preciosa de mis alhajas me ha quedado, porque si tu pareces a los ojos de los demás lo mismo que pareces a los míos, serás tú mi adorno más rico." Pronunciaba estas palabras armándole al mismo tiempo y sus mejillas estaban inundadas de lágrimas a pesar de la diligencia que hacía por ocultarlas. Abradates, digno por si de llamar la atención por lo bello de su presencia, se presentó más hermoso y su aire pareció más noble y majestuoso cuando se cubrió con sus nuevas armas. [...] sube a su carro y cuando su escudero cerró la portezuela, Panthea, que no podía abrazar ya a su esposo besaba el carro dando gemidos. Bien presto se aleja y Panthea le sigue algún tiempo sin que la viese Abradates, pero volviendo éste los ojos la vio tras él y le dio un doloroso "Adiós". El exceso de su enternecimiento no le permitió pronunciar otras palabras y le hizo serias con la mano para que dejara de seguirle. Panthea se detiene, cubre su frente una funesta palidez y sus piernas trémulas apenas son capaces de sostenerla. Ya no puede seguir a Abradates, y todas su fuerzas la abandonan ... Al instante la tomaron de los brazos sus sirvientas y la condujeron a su carro en el cual la acostaron la cubrieron con un pabellón.

Al final la historia amorosa predomina sobre la intención moral con que se iniciaba el relato, y la historia no deja de ser un mero marco para situar la tragedia.

La tendencia al patetismo lleva a relatos de un extrema lacrimosidad. Es el caso de "Historia de Palmira, sacada de un manuscrito antiguo" que se publica en Miscelánea Instructiva, Curiosa y Agradable en 1796. Palmira una noche sale de su cabaña y contempla la oscuridad mientras llora copiosamente. Su hijo la sorprende y la pregunta qué ocurre. Palmira le cuenta su historia. Huérfana en su juventud a los dieciocho años se promete con Elidoro, el padre de su hijo. Mientras tanto Dorimon, el señor del pueblo, la asedia pero ella le desprecia. Los dos enamorados se casan y nace el hijo de ambos pero pocos días después, mientras están por la noche junto al río, Dorimon aparece de repente y amenaza a Palmira con un enorme cuchillo, indica a Elidoro que si quiere salvar a Palmira de la muerte, él debe suicidase ahogándose en el río. Elidoro, desesperado, así lo hace, Dorimon desaparece y Palmira se desmaya. Palmira se queda sola con su hijo. Pocos días después Dorimon vuelve en un barco trayendo consigo el cadáver de Elidoro. Arrepentido, implora perdón, pero Palmira le desprecia. Entierra a Elidoro junto al río, allí donde están hablando ella y su hijo. Finalmente le dice a su hijo que no abrigue sentimientos de venganza.

El amor como fuerza destructora es protagonista de esta historia en la que se percibe muy bien el sentimentalismo lacrimoso del romanticismo dieciochesco. Palmira recuerda llorando a su marido: "¡Permíteme que riegue con mis lágrimas esta triste rivera!" y el narrador indica que "las lágrimas corrían copiosamente de su ojos". El hijo de Palmira la interroga: "¿Quién puede causarte tan tierno llanto? Derrama, derrama madre mía, tus lágrimas sobre mi seno: ¡cuán dulce me será participar de ellas!" Cuando Elidoro vuelve después de una ausencia, Palmira derrama "lágrimas de alegría". Cuando Elidoro se ve obligado a suicidarse mira a Palmira "vertiendo un torrente de lágrimas" y no puede hablarle porque "los sollozos le cortaron la voz y ahogaron sus palabras". Su hijo llora al oír la muerte de su padre. Al día siguiente de la muerte de Elidoro, Palmira, mientras cuida de su hijo, "vertía arroyos de lágrimas sin poder detener su curso". Cuando Dorimon le trae el cadáver, Palmira le cuenta a su hijo: "Regué con mis lágrimas las tristes reliquias de mi esposo". Finalmente, después de enterrar a Elidoro, planta un sauce junto a su tumba. Concluye el cuento con estas palabras de Palmira a su hijo: "Todas las noches vengo a pasar algún rato al pie de este árbol sagrado [...] Yo no sé explicar el placer que hallo en derramar lágrimas en este sitio".

Conocida es la tendencia lacrimosa del romanticismo dieciochesco. Sebold sintetiza en pocas palabras la diferencia entre el llanto romántico de uno y otro siglo: "Las lágrimas del segundo romanticismo son en su conjunto interiores a diferencia de las del primer romanticismo que había sido mucho más llorón y húmedo" (187). Aunque usualmente esta lacrimosidad extrema había sido asociada a obras de teatro como El Delincuente honrado o poetas como Meléndez Valdés, tampoco deja de aparecer en la prosa, como observa Francisco Bravo Liñan analizando tres relatos publicados en el Correo de Cádiz. "Historia de Palmira", situando a sus personajes en una situación límite, les lleva a un llanto casi constante, de tal manera que al cuento se le puede calificar sin dificultad con los un tanto sardónicos adjetivos de "húmedo y llorón" que Sebold utiliza.

Esta superposición del sentimiento sobre el pensamiento lleva al egoísmo romántico, una de cuyas formas es la proyección de los sentimientos del romántico sobre la naturaleza: "Es aquí donde el alma sensible y la naturaleza sensible entran por fin en su nueva relación panteísta egocéntrica. La naturaleza, que no será ya la determinante de los sentimeintos del poeta se convierte en extensión de su conciencia, formando una reiteración material de su espíritu" (Sebold 92).

Este panteísmo egocéntrico tiene ejemplos muy claros. El año 1788, el 22 de octubre, se publica, en el Correo de los Ciegos, "El Convaleciente y el Sepulcro". Galaty, el protagonista, ha conseguido sobrevivir a una grave enfermedad, durante la cual se ha despedido en tres ocasiones de su mujer y de sus hijos, creyendo estar a punto de morir. Ya recuperado, sale un día a disfrutar del fresco aire de la montaña y ante el bello paisaje que descubre hace un canto de alabanza a Dios por la vida que le ha regalado. Todo a su alrededor le transmite vida y alegría. Pero de repente se encuentra con un cementerio y pasa a considerar la proximidad de la muerte, aún de la suya propia. Todo aquello que antes le había parecido lleno de vida lo encuentra ahora próximo, casi inmediato a la muerte. Al final consigue salir de esos instantes de angustia gracias a la ayuda de la religión y de la esperanza de la salvación.

Lo fundamental del relato es la descripción del estado de ánimo de Galaty, analizado a través de tres momentos: el entusiasmo por la belleza de la vida, la desesperación ante la muerte y el consuelo de la religión. Encontramos aquí un elemento característicamente romántico como es la visión organicista de la vida del hombre y la especial identificación del espíritu con la naturaleza. Galaty, en un primer momento no sólo disfruta del esplendor del paisaje: siente que todo a su alrededor ha renacido con él. Enajenado con esa felicidad entona un canto de alabanza a todo lo que le rodea:

¡Qué hermosa perspectiva! ¡Qué riqueza! ¡Qué profusión! ¡Qué superabundancia de vida! Todo parece que toma parte en mi alegría. Cada objeto más fuerte y vigoroso participa de la salud que he recobrado. [...] Todo me convida a disfrutar y cada instante me prepara delicias siempre nuevas y siempre puras. Yo te saludo, oh ribazo encantador; montaña majestuosa yo te saludo. Mieses doradas, pámpanos siempre verdes, cada día os tributaré mis agradecidos afectos, ya sea que me pasee en medio de los campos que adornáis, ya sea que fatigado me siente a la sombra de los pinos que os dominan o ya me detenga en los prados floridos en que pastan y retozan los rebaños de mi patria. La felicidad que me ofrecéis no tiene mezcla de disgusto; la paz que me dais es inalterable.

Pero esta perfecta unión de la naturaleza y el hombre, tan perfecta que incluso el paisaje participa de la salud que el enfermo ha recobrado, queda truncada por la presencia del sepulcro, por la imagen de la muerte, que hace que los mismos elementos del paisaje que antes estallaban de vida y salud sean ahora elementos mensajeros de la muerte y la destrucción:

Un tropel de pensamientos amontonados se ofrece de golpe a su alma atemorizada. Un llanto involuntario corre por sus mejilla aún descarnadas. Considera sollozando aquellas ricas mieses ya prontas a ceder a la hoz destructora. Más arriba mira los pastos, tan antiguos como el mundo, cubiertos ahora de fría nieve. Delante de si advierte aquel sitio asilo de un silencio eterno, en el cual por todas partes se miran las tristes señales de la muerte y del tiempo.

Se trata de la deformación de la visón de la naturaleza después de pasar por el tamiz de la mente o del estado de ánimo del contemplante. La naturaleza se comprende a través de sentimientos: el horror, la melancolía, lo sublime y no a través de juicios estéticos basados en una naturaleza ideal preexistente en la mente. El romántico contempla la naturaleza...

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