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Literatos, intelectuales y poder politico en el Reinado de Fernando VI (1746-1759).

Publication: Dieciocho: Hispanic Enlightenment
Publication Date: 22-MAR-03
Format: Online - approximately 8453 words
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Article Excerpt
La literatura, como el resto de las actividades del "intelectual" ilustrado --término mucho más adecuado para definir a los componentes de aquella élite cultural, más próxima a una formación humanística de carácter integral que a la superespecialización de nuestra era--, difícilmente pudo desligarse de la realidad social y política en la que se desenvolvía. Nunca había sido un compartimento estanco --como a veces se nos ha querido representar, en un exceso de simplificación pedagógica, en aras de la tan sublimada optimización didáctica de la historia--, impermeable a la influencia del resto de las facetas de la "cultura" humana, entendiendo este concepto desde la visión más amplia posible, la puramente antropológica, que encuadra en ella cualquier manifestación física o espiritual del hombre.

En el estudio de la literatura y, sobre todo, de sus autores, ha escaseado, en ocasiones, el planteamiento interdisciplinar indispensable para calibrar la interrelación entre los diversos ámbitos de esa "cultura", de la cual es una manifestación más. Como miembros de una sociedad como la del Siglo de las Luces, los autores vivían física y mentalmente condicionados por diversas variables de toda índole: una mentalidad religiosa concreta, un esquema económico particular, un tipo de estructura social preestablecido y, sobre todo, un sistema político que promovía, o no, determinadas manifestaciones intelectuales en función de sus intereses.

La intención de este estudio es demostrar hasta qué punto, en el casi desconocido, a nivel literario, reinado de Fernando VI, tuvo relevancia el poder político como freno o motor del desarrollo de la vida literaria, en particular, e intelectual, en general./,Cómo afectó a estas manifestaciones culturales la lucha de partidos políticos, la creación de distintas redes clientelares o el despliegue diplomático español en Europa? ¿Condicionó el Despotismo Ilustrado y sus formas de poder al literato? ¿Influyó de alguna manera éste en aquél?

Intelectuales al servicio del poder

En el siglo XVIII, la definición precisa del rol del literato no es diáfana. Para empezar, pocos fueron, en este pretendido siglo ilustrado, quienes en España pudieron vivir de la literatura como principal actividad laboral. A excepción de Torres Villarroel (gracias por otro lado a sus Almanaques, publicaciones de escaso nivel literario), del Padre Isla (cuyo Gerundio alcanzó un número extraordinario de ediciones) o, en menor medida, de Nipho, todas las figuras descollantes del periodo tuvieron que ejercer otras profesiones para completar los escasos rendimientos de la literatura. Algunos, como Jorge Juan, o Antonio de Ulloa, los mejores científicos españoles del siglo XVIII, llegaron a ejercer profesiones tan poco relacionadas con sus inquietudes intelectuales como la de espías; otros, más acordes con su preparación, recalaron en la administración en sus más diversos estadios: las secretarias (Luzán, Llaguno, Chindurza), los consejos (Campomanes), los ministerios (Jovellanos) o las diversas dependencias en las que se gestionaba la "cultura" oficial cortesana: academias, bibliotecas, archivos, prensa.

De tan variados destinos puede derivarse la necesidad casi cotidiana que asaltó al intelectual del siglo XVIII de congraciarse con el poder político para prosperar. No es esta característica patrimonio exclusivo de la Ilustración. Pronto se había percibido en las reservadas estancias del poder la necesidad de una autojustificación ideológica y de su valor como instrumento de represión, casi tan eficaz, en ocasiones, como la fuerza bruta o la propia fiscalidad, y tan sutil como el mismísimo púlpito. Éste no es lugar adecuado para hacer un repaso a todos los ejemplos que la historia nos brinda de intelectuales y literatos al servicio del poder. Baste con apuntar esa realidad y su recio entroncamiento con la tradición occidental. Ya en la propia Roma, Virgilio había construido con su Eneida, el paradigma de la justificación de un régimen autoritario enraizando al propio emperador Augusto con la divinidad, lo que acabaría siendo una constante en la Europa de siglos posteriores. Los ejemplos podrían ser más cercanos en el tiempo. Quevedo había demostrado en una España no muy diferente, la fuerza de una buena loa al poder, como puede observarse en los tempranos elogios a Felipe III (83). Pronto tendría la oportunidad de demostrar a los enemigos del poder establecido el vigor de una pluma afilada y de una sátira ácida, sistemáticamente crítica con él.

También la imagen de la monarquía española en el exterior, la "Leyenda Negra", perfectamente estudiada por Ricardo García Cárcel, era fruto de sucesivas campañas de imagen orquestadas en los diversos países europeos y encomendadas a sus mejores plumas. Así lo ha mostrado Carlos Gómez-Centurión (201-38). Otras naciones, como la Francia de Luis XIV, hablan dado una buena lección sobre el compromiso intelectual con el poder, mejor incluso que los sonetos de juventud de Quevedo o la recreación fantástica del Imperio Español, como ha indicado Peter Burke, con la "fabricación" de todo un mito alrededor del "Rey Sol" a base de panegíricos, símbolos y obras de arte.

Durante el reinado de Fernando VI, tuvo particular importancia la "fabricación" del primer Borbón plenamente "español", una imagen popular que daba un papel protagonista a la restauración del poder del reino y a la paz como medio para alcanzarla. El monarca fue sistemáticamente "bombardeado" por ministros, familiares y cortesanos hasta que acabó por convencerse de su propio papel en la representación. La iconografía pictórica nos traslada esa imagen que quiso darse, tanto de cara al interior como al exterior, de un "rey pacifico" pero poderoso, del rey restaurador de la Monarquía Hispánica. Amiconi representaría en la Sala de Conversación del Palacio de Aranjuez las Virtudes que deben adornar a la Monarquía, eligiendo para las sobrepuertas la Fortaleza, la Concordia, la Mansedumbre, la Liberalidad, la Humildad y la Fidelidad. Antonio González Ruiz, pintor de cámara, retrataría al rey con armadura militar, pero alzado sobre un pedestal en el que hay arrinconadas viejas corazas y espadas rotas, veladas por un angelote que duerme y otro, despierto, que muestra el plano de un edificio. Al lado están, tendiendo al rey sus atributos, alegorías del progreso de las ciencias y de la agricultura. No había sitio ya para Marte aterrando al enemigo, o para las armas de los Borbones.

Igualmente, otros intelectuales -particularmente los literatos-, sirvieron al Estado en este objetivo. Burriel, Pérez Bayer, Casiri o Flórez escudriñaron la documentación conservada en los archivos españoles con el fin de justificar ante Roma los derechos y las regalías de la corona, pero también para, como indica José Luis Gómez Urdáñez, "legitimar históricamente la monarquía femandina (...) Iba a ser éste el gran objetivo ideológico: construir una Monarquía intemporal" con la clara intención de "cerrar heridas civiles" y "proclamar la independencia española con respecto a la política francesa. Se iba a fabricar un rey español" (Fernando VI 64). El padre Flórez contribuía, sin ir más lejos, buscando Fernandos históricos mientras el padre Sarmiento incluso se remontaba al rey Salomón en una comparación que por hiperbólica, llegaba al ridículo: "No estorba que se llame Fernando y no Salomón, esa diferencia es puramente material y originada de las dos lenguas distintas (...) Lo mismo significa el nombre Fernando que el nombre Salomón". Al fin y al cabo, "Fernando" provenía de la voz "Frede" que significaba "paz" y de la voz "Semand" que significaba "reconciliación". Incluso la fecha de nacimiento del monarca, 23 de septiembre, coincidía según Sarmiento con la del emperador Augusto, "pacificador de todo el orbe", "otro Salomón entre los gentiles" (Gómez Urdáñez Fernando VI 64-65).

Sin embargo, los "servicios" de los intelectuales se ampliaron a otros campos análogos. Su preparación académica los convirtió en los candidatos perfectos para cubrir determinados puestos para los que se precisaba una cierta especialización, que difícilmente podía encontrarse en otras personas. Estos "servicios" no fueron, con todo, exclusivamente unidireccionales. Si el literato podía sujetarse servilmente...

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