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Article Excerpt Ojalá hubiera podido mantener alejados a los fotógrafos. Pero llevaban ya meses pegados a sus talones, desde que había encontrado los primeros restos en aquellas áridas colinas al sur de El Cairo. Después de tantos años de trabajo, Lawrence Stratford estaba a punto de hacer un descubrimiento fabuloso.
--Samir --gritó--. Necesito más luz.
Una antorcha se encendió y la luz iluminó la losa de piedra. Si, eran jeroglíficos, grabados en mármol italiano. Jamás había visto nada igual. Leyó en voz alta:
--"Ladrones de los Muertos, aléjense de esta tumba o despertarán a su ocupante, cuya ira nadie puede contener. Ramsés el Maldito es mi nombre. En otro tiempo Ramsés el Grande, rey de Egipto. En el año de la muerte de la reina Cleopatra, me entrego a la oscuridad eterna; cuídense de mi si dejan que los rayos del sol crucen esta puerta."
--Pero no tiene sentido --susurró Samir--. Ramsés reinó mil años antes que Cleopatra.
--Y sin embargo no hay duda de que estos jeroglíficos son de la dinastía XIX --repuso Lawrence--. Mira, a continuación repite el mismo texto en latín y en griego.
--No me gusta --dijo Samir--. No sé lo que significa, pero es una maldición. El cuerpo de Ramsés el Grande está en el museo de El Cairo.
--No --replicó Lawrence--. Hay un cuerpo en el museo de El Cairo, pero no es el de Ramsés. ¡Mira los cartuchos, los sellos! En tiempos de Cleopatra no había nadie capaz de escribir en jeroglíficos antiguos, y éstos son perfectos.
Lawrence caminó hacia las tiendas. Vio a su sobrino Henry, con el inevitable vaso de whisky. En una vida llena de satisfacciones, Henry era la única decepción, sólo le importaba el juego y la botella, y era el único heredero varón de la familia Stratford.
El motivo de la visita de Henry era el dinero. Había traído documentos de la compañía naviera para que Lawrence los firmara. Su padre, Randolph, lo había enviado desesperado como siempre por cubrir las deudas de su hijo. Lawrence aplazó una vez más la entrevista.
A las 12 de la noche volaron la entrada de la tumba. Lawrence entró en la cámara. Vio una mesa cubierta de cajas y recipientes. Era un descubrimiento de importancia incalculable.
--Esto no es una tumba--susurró.
Había un escritorio. Sobre él había un papiro abierto, plumas afiladas, un tintero y una copa.
El busto de mármol era de una mujer, con el pelo ondulado sujeto por una diadema de me tal y los ojos soñolientos y entrecerrados. En la base se podía leer su nombre: CLEOPATRA.
--No es posible --oyó decir a Samir--. ¡Lawrence, mira el sarcófago! El mobiliario es romano. Y ésta es Cleopatra. Mira las monedas sobre la mesa. Tienen su imagen, y están recién acuñadas. Solamente esto debe valer ...
--Lo sé. Pero ese sarcófago encierra el cuerpo de un antiguo faraón, amigo mío. Es tan refinado como cualquiera de los que se hayan podido encontrar hasta ahora.
--¡Maldiciones! --musitó Samir--. "No toquen los restos de Ramsés el Grande" --leyó--. Dice lo mismo en las 3 lenguas. Es suficiente para que cualquiera lo piense 2 veces ...
--No yo --respondió Lawrence--. Vamos a abrir este féretro de inmediato.
En el interior del sarcófago se distinguía una figura humana envuelta en un lienzo. Lawrence alzó el cuchillo y cortó la tela que se abrió con facilidad revelando un cuerpo envuelto en apretadas vendas. Miró la figura que tenía delante. Creyó detectar una expresión. Se acercó más y apartó la envoltura de la momia. Extendió la mano y la tocó con la punta de los dedos.
En el baile de la embajada las luces molestaban a Elliott Savarell, pero se suponía que debía estar allí, pues el baile no habría sido lo mismo sin él, duque de Rutherford. Éste era el ingrediente esencial.
El decimoséptimo duque de Rutherford era el artículo que todos codiciaban. Elliott se preguntó cómo había conseguido cautivar a tanta gente por la que no sentía el menor interés. Pero aquello no era del todo verdad. Amaba a algunas de esas personas: a su viejo amigo Randolph Stratford, a Lawrence, el hermano de Randolph, a Julie Stratford, y le encantaba verla bailar con su hijo. Estaba seguro de que Julie no se casaría con Alex, en un futuro próximo, pero era la única esperanza de que su hijo obtuviera el dinero necesario.
Randolph Strafford estaba asegurándole a Elliott que Julie sólo necesitaba un pequeño empujón. Con que Lawrence diera su asentimiento, Julie cedería.
--Dale a mi hijo Henry una oportunidad --dijo Randolph--. Sólo hace una semana que está en Egipto. Lawrence tomará la iniciativa ...
--Pero ¿por qué iba a hacerlo? ¿Sólo porque Henry se lo pide?
Randolph guardó silencio. Elliott sabía muy bien que el deterioro de Henry ya no tenía nada que ver con locuras de juventud. Había algo absolutamente corrupto en Henry.
Elliott contempló a los bailarines. Su hijo susurraba apasionadamente en el oído de Julie. Alex se le aproximó como si fuera a besarla y ella dio un paso atrás.
--¿Qué puedo hacer para conseguirte, Julie? Te traeré las pirámides a Londres.
--La verdad es que ... no quiero casarme, Alex. Todavía no.
Lawrence y Samir estaban sentados frente al antiguo escritorio y habían extendido los papiros. Lawrence anotaba la traducción en su cuaderno.
--Pero tiene que ser una broma --dijo Samir--. ¿Ramsés el Grande, guardián de las familias reales de Egipto durante mil años? ¿Amante de Cleopatra? ¡No es posible que lo creas!
--Samir, si tú puedes creer en maldiciones, ¿por qué no voy a creer yo en la inmortalidad de un hombre?
--Esta momia está tan muerta como cualquiera de las que he visto en el museo de El Cairo. Este hombre era un narrador de historias.
Lawrence prosiguió con la traducción:
--"Por ello me retiro a esta cámara y ahora mi biblioteca se convertirá en mi tumba. Ungirán mi cuerpo con aceites y lo envolverán. Pero no me tocará el cuchillo del embalsamador. Nadie extraerá el corazón y el cerebro de mi cuerpo inmortal."
Lawrence sintió que la euforia lo invadía. Henry Stratford entró en la tumba mientras Lawrence le hablaba a la momia.
--No creo que te oiga, tío --dijo con frialdad. Se escuchó un suave tintineo de cristal.
Lawrence se volvió bruscamente. Henry, con un maletín debajo del brazo, sostenía el tapón de un frasco en la mano derecha.
--¡No toques eso! --exclamó Lawrence--. ¡Es veneno, imbécil!
--¿Veneno? --preguntó Henry a sus espaldas.
Se volvió. Su sobrino manoseaba el busto de Cleopatra.
--Al menos esto vale una pequeña fortuna, igual que las monedas.
--¿No puedes pensar en nada más que el dinero? Lárgate a Londres.
Lawrence volvió a mirar su cuaderno. El papiro estaba abierto junto a él.
--Tío --dijo Henry--. Nada me gustaría más que volver a Londres. Si tiene un momento para firmar ... Hay que vender algunas acciones y el duque quiere una contestación con respecto a Julie y Alex.
--Ese matrimonio puede esperar toda la vida. O hasta que Julie decida por sí misma. ¡Vuelve a casa y díselo al duque de Rutherford! Y dile a tu padre que no voy a liquidar más acciones familiares. Y ahora déjame en paz.
Miró a la momia, intentando abstraerse. Oyó a Henry servir una taza de café que luego puso delante de él. El café tenía un aspecto tentador. Tomó la taza, dio un sorbo prolongado y cerró los ojos. Sintió un ardor insoportable en la garganta. No podía respirar ni hablar. Intentó levantarse. Miró a Henry y de repente le llegó el olor de la taza: Era el veneno. Su cuerpo se convulsionó y se retorció violentamente; lo último que vio mientras caía fue a la momia.
--¡Samir! --gritó Henry--. ¡Algo horrible le ha sucedido a Lawrence! ¡Un colapso, un ataque al corazón! ¡Hay que llamar a un médico!
Su mirada cayó sobre la momia. ¿Estaba observándole? ¿Tenía los ojos abiertos bajo los vendajes? ¡Absurdo! Y sin embargo, la idea provocó en él un agudo pánico.
Era difícil creer que la señorita Stratford hiciera llevar a Londres todo el tesoro para exhibirlo en su casa. Pero, al fin y al cabo, aquello era lo que siempre había hecho su padre.
No se había celebrado en la casa el velatorio de su padre, y allí estaban varios hombres introduciendo el sarcófago de Ramsés el Grande en la biblioteca.
Julie vio cómo Samir daba instrucciones a los hombres para que colocaran el sarcófago de pie a la izquierda de las puertas abiertas del invernadero....
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