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Article Excerpt I. SOBREVIVIENTES SONÁMBULAS
LO QUE ESTAMOS VIENDO ES LA DESAPARICIÓN DE LA POLÍTICA CULTURAL, al menos como se entendió a lo largo de casi un siglo, en México. Es cierto, quedan allí miles de museos, casas de la cultura, foros, unidades, direcciones, institutos que nadie, por un largo período, se atreverá a cerrar --y pocos, digámoslo de paso, a visitar. Es más probable que se desplomen, envueltos en una nube de polvo, por falta de mantenimiento. Y es que las palabras cultura, libro, museo, disfrutan en nuestro país de una legitimidad comparable a democracia.
Esos millares de instituciones, de acervos y de recintos son lo que quedó de la convicción del Estado mexicano en los poderes de la cultura.
Una convicción que a lo largo de cincuenta años (1920-1970) estuvo animada por su audacia, su imaginación, su pasión por fundar y el acicate de la excelencia: del FCE de Cosío Villegas y de Orfila al INBA, contemporáneo, de Pellicer; del auge de los museos, con Torres Bodet en la SEP, a las reveladoras exposiciones de Gamboa; de la inesperada vocación teatral del IMSS de Coqueta la atrevida Difusión Cultural de García Terrés en la UNAM; del vertebral INAH de Caso a la terrible, visionaria SEP de Vasconcelos, en los comienzos. El final lo marcaron, quizá, las Olimpíadas de Ramírez Vázquez.
Éstos son sólo algunos de sus extremos. No refiero obras ni autores, sino instituciones o, mejor dicho, un impulso institucional que inventó a un país y, por momentos, me atrevería a decir que a un continente. ¿Qué queda de ellas?
Sobrevivientes. Siglas. Roídas partidas presupuestales. Resulta inocultable que algo, muy profundo, cambió.
Y cambió, entre otras cosas, la fe del Estado en la cultura. El primer escollo tuvo el rostro obtuso de Díaz Ordaz: su golpe a México en la Cultura de Benítez, como secretario de Gobernación, fue el preludio de los que siguieron al FCE y a la UNAM, ya como presidente. Fue una auténtica reacción, en el sentido que los politólogos dan al término: la cultura dejó de ser la gran aliada de los políticos y se transformó en su adversaria.
Todavía en los años setenta y a comienzos de los ochenta, algo de ese impulso fundador seguía vivo, quizá con una vocación menos vistosa y más social: las Casas de la Cultura de Sandoval y la enseñanza artística de Bremer, por ejemplo.
Y tan-tan.
Enseguida vino la expulsión de las humanidades y las artes del grupo de las disciplinas fomentadas por el Estado --eliminación de becas, reducción de apoyos a la investigación, congelación de presupuestos a esas facultades y escuelas-- y su extirpación, en la práctica, de la enseñanza básica. México no debía conocer su historia y su literatura, su música y su arte, su geografía y su diversidad cultural, ni las del mundo, sino ... ¡ciencia y tecnología! A un cuarto de siglo, ¿qué hay de esa cultura tecnológica? (Y por cierto, ¿quién dijo que llamar cultura a la tecnología es un signo de la barbarie que nos rige?) Fue una reforma educativa que nació de una profunda incomprensión del país.
Desde comienzos de los ochenta, las instituciones propiamente culturales comenzaron a vaciarse rápidamente de sentido y a perder significado y poder.
Para aligerarse de su responsabilidad, los funcionarios hicieron un llamado, casi moral, a la responsabilidad de la sociedad civil para sufragar los costos de la cultura. Y sí, Televisa abrió, con alharaca, su Centro Cultural de Arte Contemporáneo tras su fracaso inicial con el Museo Tamayo. El CCAC fue excelente, sólo que hace años...
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