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Article Excerpt SI SE LEEN LOS ARTÍCULOS QUE, DESDE EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001, han aparecido regularmente en la prensa europea o latinoamericana, o bien en lo que queda de la prensa de izquierda de Estados Unidos, será difícil no hacerse de la idea de que la política exterior de Washington está bajo el dominio de una camarilla de neoconservadores. Las opiniones acerca de quiénes puedan ser en realidad esos neoconservadores han sido bastante contradictorias. Para algunos se trata de los herederos (y, en efecto, algunos son sus parientes) de intelectuales de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, judíos influyentes dc Nueva York quienes a la postre abandonaron el trotskismo a favor de la derecha estadounidense. Otros ven la influencia de Leo Strauss, filósofo político inmigrado de Alemania, quien o bien enseñó a ciertos destacados neoconservadores (el más famoso de ellos Paul Wolfowitz, actual secretario suplente de Defensa) o estudió con sus discípulos de la academia estadounidense: gente como Allan Bloom, Henry Jaffa y Harvey Mansfield. Existe, sin embargo, consenso virtual en cuanto a que desempeñaron un papel importante en lo que se refiere a proporcionarle al gobierno de Bush un nuevo modelo de política exterior luego de los atentados del 11 de septiembre.
Desde las contribuciones "ideológicas" de comentaristas como Max Boot, ex director de la página editorial del Wall Street Journal que en muchos libros y artículos importantes ha propugnado un nuevo imperio estadounidense, y el columnista David Frum que, como redactor del presidente Bush, acuñó la expresión "eje del mal"; hasta intelectuales de la política que hoy se hallan en el gobierno, como el secretario suplente Paul Wolfowitz, quien desde 1992 propugnó el derrocamiento armado de Saddam Hussein, no puede exagerarse el alcance que ha logrado la influencia neoconservadora. A juzgar por los antecedentes, el gobierno de Bush no ha hecho otra cosa que realizar los sueños del movimiento neoconservador que, pese a su influencia en el gobierno de Reagan en los años ochenta, se había expresado mayormente en artículos de carácter político y en airados debates interdisciplinarios durante el exilio republicano de los años noventa. Para un grupo cuyo gesto retórico ha sido el de estar siempre en pie de guerra --Michael Lind, él mismo ex neoconservador, ha escrito: "Para los neoconservadores, Estados Unidos es la Gran Bretaña de Winston Churchill y Neville Chamberlain, y siempre es 1939"--, ese regreso desde la torre de marfil de los expertos hasta los centros del poder es francamente notable. Y lo es tanto más por cuanto Bush y su equipo tomaron el poder en aquellas circunstancias tan controvertidas, habiéndose comprometido durante la campaña electoral a una política exterior estadounidense en todos aspectos diferente a la que los neoconservadores habían tratado de imponer durante el gobierno de Reagan, y a favor de la cual habían abogado durante el período de Clinton a través de grupos como el Proyecto de un Nuevo Siglo para Estados Unidos, cuyos participantes venían a ser el anuncio del revisionismo neoconservador y contaban entre sus filas a William Kristol, hijo de Irving Kristol --"fundador" del neoconservadurismo; a Robert Kagan, al ahora secretario de Defensa Donald Rumsfeld, a Paul Wolfowitz, al subsecretario de Defensa Douglas Feith, quien fue responsable de planear el papel estadounidense en el Iraq de la posguerra y había sido asesor del ex primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu, por sólo nombrar a unos cuantos.
El candidato Bush había denunciado los esfuerzos por parte del gobierno de Clinton de construir naciones en lugares como Bosnia o Kosovo. Al prometer la reducción del presupuesto militar que había acompañado al final de la guerra fría (reducciones que, es preciso señalar, no impidieron que Estados Unidos gastara más dinero en su ejército que las otras quince potencias militares que le siguen, tomadas en conjunto), Bush dio a entender que apenas si emplearía las fuerzas estadounidenses.
El proyecto de Estados Unidos no consistiría en...
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