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El sastre de Panamá.

Publication: Contenido
Publication Date: 01-FEB-02
Format: Online - approximately 9077 words
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Full Article Title: El sastre de Panamá.(TT: Panama''s tailor.)

Article Excerpt
La historia de un hombre que se ve involucrado en un caso de espionaje que terminará en tragedia, sirve al autor para hacer una caricatura con humor y pesimismo sobre la farsa del espionaje actual, en un mundo donde los valores son papel mojado.

La tarde de aquel viernes se había desarrollado con toda normalidad en el Panamá tropical hasta que Andrew Osnard irrumpió en la sastrería de Harry Pendel y pidió que le tomasen las medidas para un traje. Cuando Osnard irrumpió en el establecimiento, Pendel era una persona. Cuando se marchó, Pendel no era ya el mismo. Tiempo total transcurrido: 77 minutos según el fino reloj de caoba, una de las muchas piezas con valor histórico reunidas en el establecimiento de Pendel & Braithwaite Co., sastres de la realeza, antes en Savile Row, Londres, y actualmente en la vía España, Ciudad de Panamá. Y más conocido como P & B.

El día comenzó puntualmente a las 6 de la madrugada. Pendel se despertó por la voz masculina de la radio. De pronto recordó que el director de su banco lo esperaba a las 8:30 y saltó de la cama.

Su esposa Louisa gimoteó y se tapó la cabeza con la sábana porque para ella el amanecer era el peor momento del día. Así que Pendel no encontró mejor distracción que escuchar las palabras del locutor: "El presidente panameño ha llegado hoy a Hong Kong, primera escala de su gira de 2 semanas por las capitales del sudeste asiático".

--¡Aquí lo tenemos! --exclamó Pendel, dirigiéndose a su mujer--. ¡Hablan de tu jefe!

"Viaja acompañado de un equipo de expertos en economía y comercio, entre ellos su asesor en materia de planificación sobre el Canal de Panamá, el doctor Ernesto Delgado."

--¡Bravo Ernie! --dijo Pendel con tono de aprobación, mirando a su mujer.

"El próximo lunes la comitiva presidencial viajará a Tokio para mantener conversaciones sobre el posible incremento de las inversiones japonesas en Panamá", dijo el locutor.

--¡Ahora verán esas geishas! --murmuró Pendel--. No saben de lo que es capaz Ernie.

--Harry, por favor, no quiero oírte hablar así de Ernesto ni en broma --dijo Louisa.

--Lo siento, cariño. No se repetirá jamás.

--¿Por qué no invierten en Panamá los panameños? ¿Por qué tenemos que andar detrás del dinero de los asiáticos? Somos un país rico. ¿Por qué no empleamos nuestras ganancias en construir fábricas, escuelas y hospitales?

--Ya sabes lo que dicen, cariño --respondió Pendel--. Panamá no es un país; es un casino. Y nosotros conocemos a quienes lo dirigen. Tú trabajas para uno de ellos.

--No, Harry, te equivocas. Yo trabajo para Ernesto Delgado, y Ernesto es un hombre honrado, con ideales, preocupado por salvaguardar el futuro de Panamá. A diferencia de los demás, Ernesto no persigue el lucro personal, no está hipotecando el patrimonio de su país. Bastaría con un buen hombre para que este país saliera a flote. Así que no tienen por qué difamarlo.

Pendel se vistió deprisa y se dirigió a la cocina. Después de desayunar salió a la cochera y cogió su Toyota todoterreno dispuesto a emprender el camino hacia la ciudad.

El despacho de Ramón Rudd se hallaba en la planta decimosexta y la ventana panorámica de cristal ahumado daba a la bahía. Era un hombre de corta estatura. Ramón debía a Pendel 10,000 dólares por 5 trajes. Pendel le debía a él 150,000 dólares. En un gesto de generosidad, Ramón sumaba los intereses impagados al capital, y por eso el capital no dejaba de aumentar.

--¿Un caramelo de menta? --preguntó Rudd.

--Gracias, Ramón --contestó Pendel, pero rehusó el ofrecimiento.

--¿Dan algo de arroz tus campos? --preguntó Rudd.

--Muy poco, por no decir nada. Además tenemos que competir con el arroz a bajo precio importado de otros países. Me precipité. O mejor dicho, nos precipitamos los 2.

--¿Tú y Louisa?

--No, Ramón. Tú y yo.

--Es una lástima que no constituyeses el arrozal como sociedad independiente cuando estabas a tiempo, Harry. Presentar un buen establecimiento como garantía para comprar un arrozal que se ha quedado sin agua es un disparate.

--¡Vamos, Ramón, me lo aconsejaste tú! --protestó Pendel--. Dijiste que a menos que considerásemos los 2 negocios conjuntamente no podías asumir el riesgo del arrozal. Creo que aquel día representabas los intereses del banco, y no los de Harry Pendel.

--Por cierto, ¿te has planteado trasladar la cuenta a otro banco? --preguntó Rudd.

--Dudo que me aceptase alguno en este preciso momento. ¿Por qué lo dices?

--Recibí una llamada de un banco mercantil. Pedían información sobre ti.

--¿Qué banco era?

--Un banco inglés. De Londres --dijo Ramón Rudd.

--¿Y te llaman a ti para preguntarte por mí? ¿Quiénes? ¿Cuál era?

Ramón Rudd se disculpó por no ofrecerle una respuesta más precisa. En todo caso no les había dicho nada, naturalmente. Los incentivos le tenían sin cuidado.

--¡Santo cielo! --exclamó Pendel--. ¿Qué incentivos?

--Cartas de presentación --contestó vagamente--. Recomendaciones. No lo consideré ni por un instante. Harry, tú eres mi amigo...

--He estado pensando encargarte una chaqueta azul --dijo Rudd cuando se despedían.

--Cuando quieras --respondió Pendel--.Adiós.

La llamada de Andrew Osnard, que se produjo a eso de las 10 de la mañana, no causó el menor revuelo. Era un nuevo cliente, y por norma de la casa los atendía el señor Harry en persona.

Pendel se hallaba en el taller de corte cuando recibió la llamada de Osnard. Primero apareció Marta en la línea. Marta recibía a los clientes, atendía el teléfono, llevaba la contabilidad y preparaba los sándwiches. Era una mujer parca y leal, menuda, cuya cara, asimétrica y surcada de cicatrices, formaba un mosaico a causa de los injertos de piel y la pésima cirugía.

--Buenos días --dijo con su melodiosa voz angelical.

--Buenos días, Marta.

--Tengo un nuevo cliente al teléfono.

--¿De qué lado del puente? --preguntó Pendel. Era una broma habitual entre ellos.

--Del suyo. Se ha presentado como Andrew Osnard. Es inglés.

--Pásame la llamada.

Al otro lado de la línea alguien preguntó:

--¿Es usted Pendel o Braithwaite?

--Pues por así decirlo, señor Osnard, soy los 2 en uno. Mi socio Braithwaite lleva muchos años muerto y enterrado. No obstante, puedo asegurarle que sus criterios se mantienen vivos y conforme a ellos se ha regido esta casa hasta la fecha, para alegría de cuantos lo conocieron.

--No sabe cuánto lo siento --contestó Osnard--: Llegué a la ciudad hace un par de días, y espero quedarme una buena temporada, por lo que deseo que me haga unos trajes. Alrededor de las 5 no tendrán ahí mucho ajetreo, ¿verdad?

--Las 5 es nuestra hora baja. A esa hora le brindaré toda mi atención con sumo placer.

--¿Usted personalmente?

--Por suerte o por desgracia, señor Osnard, yo estoy chapado a la antigua. Para mí cada cliente es un desafío. Mido, corto, pruebo hasta conseguir un acabado perfecto. ¿Había pensado en algo en concreto?

--¿Yo? Ah, lo habitual. Empezaríamos con un par de trajes de calle. Después iríamos por el lote completo. Y P & B continúa siendo la principal atracción de la ciudad, ¿no? --preguntó Osnard--. ¿Los sastres de los peces gordos, de lo mejor y más granado de la sociedad panameña?

--Eso nos gusta creer, señor Osnard. Estamos orgullosos de nuestros logros. Vestimos a presidentes, abogados, banqueros, obispos, diputados, generales y almirantes.

--Prometedor, sin duda. Muy prometedor. A las 5, pues, su hora baja.

--Aguardaré impaciente, señor Osnard.

--Ya somos 2.

--Otro buen cliente, Marta --anunció Pendel cuando ella entró en el taller.

Pero cuando hablaba con Marta sus palabras nunca eran del todo naturales. Como tampoco lo era el modo en que ella lo escuchaba: la cabeza siempre alejada, la sensata mirada de sus ojos oscuros en otro lugar, un velo de cabello negro ocultando lo peor de ella.

Como no podía ser de otro modo, pensaría Pendel más tarde, la llegada de Osnard a P & B fue precedida de truenos. De pronto la oscuridad cae sobre Panamá. Y un segundo después gruesos goterones rebotan en los peldaños de la entrada. Un joven corpulento con un paraguas baja de un pequeño coche en medio del aguacero. Un instante después toda la humanidad de Osnard, de medio...

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