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Article Excerpt ¿Cuáles son los límites morales de la literatura? ¿Debe tenerlos? En este ensayo, Coetzee se sirve de su personaje, la imposible y genial escritora Costello, para reflexionar sobre la naturaleza del mal y sus voceros literarios. El texto forma parte del volumen que Mondadori publicará el año que viene bajo el título de Elizabeth Costello.
LA HAN INVITADO A PARTICIPAR EN UNA CONFERENCIA EN AMSTERdam, una conferencia sobre el viejo problema del mal: por qué hay mal en el mundo, qué hacer si fuera posible hacer algo al respecto.
Ya se imagina por qué la han invitado: por una conferencia que dio el año pasado en una universidad de Estados Unidos, una charla que la hizo objeto de ataques en las páginas de Commentary (trivializar el holocausto, de eso la acusaban), mientras que la defendieron personas cuyo apoyo más bien le incomoda: antisemitas encubiertos, defensores sentimentales de los derechos de los animales.
En esa ocasión había hablado sobre lo que consideraba y sigue considerando como la reducción a la esclavitud y la matanza de poblaciones enteras de animales. Himmler, un hombre sin imaginación, no habría logrado concebir los campos de exterminio sin el modelo dc las fábricas de productos de carne. Himmler trataba a la gente como bestias porque durante tanto tiempo se había tratado a las bestias como bestias.
Eso y más había dicho: le había parecido evidente, casi innecesario demorarse en ello. Pero fue más allá, dio un paso de más. La masacre de los indefensos se repite en torno nuestro, día con día, dijo, una matanza que no es distinta en escala ni horror o peso moral de la que llamamos el holocausto, pero preferimos no verlo.
De igual peso moral: eso es lo que rechazaron. Unos estudiantes judíos organizaron una protesta. Appleton College tenía que tomar distancia de esas declaraciones, exigieron. En realidad, la universidad tenía que ir más allá y presentar una disculpa por haberle ofrecido a ella una tribuna.
En su país, la prensa había consignado la anécdota con regocijo. El Herald publicó una nota titulada "Acusan de antisemitismo a Costello", y reproducía los párrafos ofensivos de su charla, acribillados de mala puntuación. El teléfono comenzó a sonar a todas horas: periodistas, casi siempre, pero también extraños, incluso una mujer que le gritó por teléfono: "¡Perra fascista!" Después de lo cual dejó de contestar las llamadas. De pronto, era ella a la que estaban juzgando.
Entonces ¿qué hace de nuevo en la tribuna? Ya está vieja, siempre está cansada, ha perdido el gusto de alguna vez por el debate, además de que, de todas maneras ¿qué esperanza hay de que el problema del mal --si en realidad problema fuera la palabra acertada, suficiente para abarcarlo-- vaya a resolverse hablando más?
Pero cuando llegó la invitación ella estaba bajo la maligna fascinación de una novela que estaba leyendo. Se trataba del peor tipo de depravación y la bahía succionado en un estado de ánimo de abatimiento sin fin. ¿Por qué me hacen esto? quería gritar mientras leía, sólo Dios sabe a quién. Ese mismo día llegó la invitación, ¿Estaría dispuesta Elizabeth Costello, la apreciada escritora, a distinguir una reunión de teólogos y filósofos con su presencia, y disertar, por favor, sobre el tema: "Silencio, complicidad y culpa"?
El libro que leía ese día era de Paul West, un inglés, sobre Hitler y los futuros asesinos de Hitler de la Wehrmacht. Todo procedía razonablemente hasta que llegó a los capítulos sobre la ejecución de los conspiradores. ¿De dónde habría sacado West este material? ¿De veras habría testigos que de noche volvían a casa y antes de olvidar, antes de que la memoria, en defensa propia, se quedara en blanco, anotaban, con palabras que habrán chamuscado el papel, un relato de lo que habían visto, hasta las palabras que el verdugo les decía a las almas entregadas a sus manos, en su mayoría viejos apocados, la mayoría, desprovistos de sus uniformes, vestidos para el acontecimiento final con desechos de la prisión, pantalones de jerga con costras de mugre, suéteres agujereados por la polilla, sin zapatos ni cinturón, despojados de sus dentaduras postizas y sus garzas, agotados, temblorosos, con las manos en los bolsillos para sostener los pantalones, gimoteando de miedo, tragándose las lágrimas, teniendo que escuchar a esta grosera criatura vejarlos, este carnicero que tiene costras de sangre de la semana pasada bajo las uñas, decirles lo que pasaría cuando apretara la soga, cómo la mierda les escurriría por las flacas piernas de viejo, cómo sus penes flácidos de anciano se estremecerían por última vez? Uno tras otro procedían al patíbulo, en un espacio indistinto que habría podido ser un estacionamiento o también un matadero, iluminados con lámparas de arco de carbón para que Hitler, desde su guarida del bosque, pudiera ver la película de sus sollozos y después verlos retorcerse y después quedarse quietos, con esa floja quietud de la carne muerta, y sentirse satisfecho de su venganza.
Eso es de lo que Paul West, novelista, había escrito, página tras página tras página, sin descuidar nada; y eso es lo que ella leía, con asco de ese espectáculo, asco de sí misma, asco de un mundo en el que suceden esas cosas, hasta que al final apartó el libro y metió la cabeza entre las manos, ¡Obsceno! quería gritar pero no gritó porque no sabía a quién había que lanzarle la palabra: a sí misma, a West, al comité de ángeles que observa impasible todo lo que acontece. Obsceno porque esas cosas no deberían ocurrir, y obsceno también porque una vez sucedidas no deberían darse a conocer sino ocultarse y enterrarse para siempre en las entrañas de la tierra, como lo que sucede en los mataderos del mundo, en defensa del equilibrio mental.
La invitación llegó cuando la impresión obscena del libro de West todavía estaba fresca. Y por eso, en síntesis, ella está...
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