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Article Excerpt El humor inteligente, en México, debe sanar varios escollos: desdeñar las recompensas abrumadoras, mantenerse al margen de la farsa sin dejar de caricaturizarla y evitar caer en la moralina. Como uno de sus mejores exponentes --afirma Guillermo Sheridan--, Abel Quezada supo moverse con agilidad en ese entramado de país cuya idiosincrasia reflejó talentosamente
¿CUÁNTOS MEXICANOS MENORES DE TREINTA AÑOS SABRÁN QUIÉN fue Abel Quezada (1920-1991)? Periodista combativo de lápiz y papel, último cronista de la época de oro de la modernización, y de la abundante estupidez que llevaba aparejada, perteneció a la anómala familia de quienes ingresan a la ruidosa fiesta de la idiosincrasia mexicana por la puerta lateral del humor inteligente.
La familia era anómala: requería, además de ingenio, precisión analítica, ojo agudísimo, capacidad de desentripamiento. Y la puerta, estrecha: exigía capacidad para desdeñar las recompensas con que México suele abrumar a sus predicadores. El humorista inteligente vive una paradoja: por un lado recibe el enorme estímulo de una cultura propensa a la gravedad, devota de la ceremonia y servil ante las apariencias, que más auténtica se siente mientras más se entrega a la simulación. Por el otro, el tejido de esa farsa es tan apretado que genera una explicable renuencia a convivir con la crítica en la misma medida en que privilegia la caricatura inocua. El humorista inteligente medra por la periferia de esa farsa, se nutre de sus desfiguros y analiza su carácter esperpéntico, a fuerza de atizarlo, a la par que se cuida de caer en la moralina.
Cuando pasa por ser "culto", el humor en México tiende a la belicosidad pedagógica y, cuando es comercial, ya no rebasa el relajo o las garantías de la sexualidad risible. Antes de la transición, el humor era una forma de la impotencia: acotado por la susceptibilidad de los poderosos, lejos de obrar contra la farsa institucional --y su asombrosa fábrica de humor involuntario--, parecía tortalecerla aportándole el desahogo del chiste de sobremesa. Una fábrica de veras asombrosa: su materia prima eran el presidencialismo y los derivados de su autoridad: de los procesos electorales al encumbramiento de déspotas coloridos, todo envuelto en una corrupción ostentable. El humor involuntario, uso y costumbre republicanos, apuntalaba la precaria vida política y social y terminaba por aportarle negociabilidad. Era imposible reírse más de algo que de las solemnes declaraciones que Monsiváis registraba cada semana en "Por mi madre, bohemios" en el semanal La Cultura en Mexico. El exceso de humor involuntario era una competencia desleal contra los humoristas inteligentes y contra el coto mismo de lo humorizable. En su subsuelo amargo solían radicar las verdades inasibles. El humorista inteligente sabía que la calidad de su producto tenía que ser proporcionalmente inversa a la capacidad fársica, y a la vez alimentarse de ella, con un modo de mirar y pensar astuto y original, capaz de sintetizar la alharaca ambiente. Abel Quezada perteneció a esa clase y creó el paradigma donde habitan sus sucesores.
La palabra humorista es horrible: evoca las taras de la picardía industrial y las recompensas dudosas de cualquier show con tetas y chistoretes. Figurar de humorista puede suponer asumirse patiño de la realidad, venderle risa arropadora y adosarle una bufonería cómplice. Si rechazar el estigma es característico de quienes mejor han cruzado esa puerta lateral, asumirlo abiertamente desde la industria contestataria es ahora...
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