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Estereotipos que se resisten a morir: el andalucismo de Bodas De Sangre.

Publication: Anales de la Literatura Española Contemporánea
Publication Date: 22-MAR-08
Format: Online
Delivery: Immediate Online Access

Article Excerpt
En el "Prólogo" a su Ensayo sobre la literatura de cordel afirma Julio Caro Baroja, a propósito de las distintas interpretaciones del concepto de lo popular en España, que "un andalucismo, más o menos vago, difuso y agitanado, confundido a veces con un españolismo también 'sui generis', hace que en nuestros días el literato más popular de España en el mundo, sea Federico García Lorca" (28). Y se pregunta acto seguido: "¿De qué secretos resortes parte este prestigio? Difícil es precisarlo, más difícil aún explicarlo" (28). La cuestión, como el mismo Caro Baroja reconoce, es muy compleja, si bien él se encarga de señalar una de sus causas: el andalucismo agitanado de una buena parte de su obra, que, a pesar de las protestas de muchos (no conformes con la identificación de lo español con lo andaluz, y mucho menos con lo gitano), ha logrado convertir al escritor granadino en una especie de bardo de las esencias españolas más auténticas, en el portavoz de un país milenario que, desde la Ilustración al menos (pero sobre todo desde el Romanticismo), ha sido conceptuado como una realidad refractaria a la modernidad. La España de García Lorca, básicamente una extensión de Andalucía, no sólo se asocia con el orientalismo musulmán de un distante pasado, y por tanto con la imaginación, el misterio y la magia, sino también con el apasionamiento característico de las sociedades meridionales, así como con la indolencia y el primitivismo de los países exóticos. (1) Una parte fundamental de su obra, tanto en el nivel puramente creativo de su escritura como en el de su posterior recepción por parte del público, no puede entenderse desconectada de esta dinámica. En las páginas que siguen elaboraré algunas ideas sobre la participación de Lorca en el largo proceso de elaboración de una imagen exótica de España que ha tenido diversas alternativas desde que surge a mediados del siglo XVIII y que todavía hoy persiste. Si bien prestaré especial atención a Bodas de sangre (y en menor medida a La zapatera prodigiosa), considero necesaria una reflexión preliminar sobre los fundamentos generales de su arte, ya que, como observan algunos críticos, una gran parte de su teatro prolonga temas e imágenes juzgados centrales en su poesía. (2)

El propósito de escribir una obra auténtica y original, no sólo a nivel personal sino en cuanto andaluz y español, queda ampliamente testimoniado en García Lorca desde fecha muy temprana. (3) Así, en una carta de julio de 1922 a su amigo Melchor Fernández Almagro, afirma el joven autor que quiere crear "una obra popular y andalucísima" (Obras III, 717), manifestando su interés por recorrer y documentar una región que, según él, los escritores habían ignorado hasta ese momento. Pero su andalucismo se integra en un contexto literario muy determinado, como bien prueba el colofón con el que se cierra este párrafo: "¡¡Basta ya de Castilla!!" (717). García Lorca no sólo se propone escribir una obra auténtica y original, sino que es consciente de que, para hacerlo, tiene que redefinir el concepto de autenticidad y alejarse de la influencia avasalladora de los miembros de la Generación del 98. Al igual que otros escritores y artistas amigos suyos (Manuel de Falla, Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti, por mencionar los más relevantes), el poeta granadino entiende que el concepto de autenticidad no pasa para él por tierras de Castilla, sino por su región natal andaluza. Precisamente unos años más tarde, en 1927, publica Ortega y Gasset en El Sol una serie de artículos agrupados bajo el título Teoría de Andalucía, en los que afirma que el centro de gravedad español experimenta a lo largo de su historia una curiosa pendulación entre la mitad norte y sur de la península. Y concluye su argumentación afirmando, tal vez para exorcizar la aparición de nuevas tendencias que él no podía ignorar, que, a diferencia de lo que había sucedido durante todo el XIX, en el nuevo siglo no hay probabilidad "de que nos vuelva a conmover el cante hondo, ni el contrabandista, ni la presunta alegría del andaluz. Toda esta quincalla meridional nos enoja y fastidia" (112).

Cuando escribe Ortega, la imagen que podemos denominar andalucista de España había andado un largo recorrido, y, tal vez por eso mismo (sin olvidar la grave crisis de identidad que experimentó el país a raíz de la humillante derrota frente a Estados Unidos en 1898), empezó a finales del siglo XIX a mostrar claros síntomas de agotamiento. La imagen había surgido mucho antes, a mediados del XVIII, en el contexto de la llegada de los Borbones y como reacción a la generalizada invasión de costumbres y modas francesas. Como suele suceder en toda situación de dependencia, la hegemonía cultural de Francia produjo una reacción ambivalente entre los españoles: un alto porcentaje de las clases altas se esforzó por seguir los prestigiosos modelos del país vecino, aplaudidos e imitados en toda Europa, mientras que otros idealizaban la gran tradición nacional de la época áurea. Pero existe otro grupo (que no se debe confundir con el de los tradicionalistas) que reacciona asimismo contra lo que considera un sometimiento vergonzoso al dictado extranjero y propone como alternativa de autenticidad seguir el modelo, no de la España hegemónica del pasado, sino del pueblo bajo y los grupos marginales. Aunque por cuestiones de espacio no puedo analizar el problema de manera detallada, debo advertir, sin embargo, que no es del todo correcto plantear el enfrentamiento como una lucha entre distintos grupos, ya que la tensión entre imitación y resistencia se produce frecuentemente interiorizada. La imagen de España que así surge está caracterizada por oponerse punto por punto a todo aquello que se juzga asociado con Francia: si lo francés se identifica con el ambiente de la corte y las clases altas, lo español se desplaza hacia los ambientes populares y marginales; si lo francés se considera lógico y racional, lo español deberá ser imprevisible y apasionado; si lo francés es refinado, lo español es rudo; si lo francés regulado, lo español espontáneo. Esta imagen no sólo identifica lo español con lo andaluz (la región española geográfica e históricamente más cercana a África), sino también con los ambientes bajos e incultos de los gitanos, los majos y los toreros: cuanto más alejado de la corte, mejor; cuanto más primitivo y elemental, más auténtico. Dos fenómenos evidencian la reacción y hasta cierto punto la simbolizan: el nacimiento del flamenco (su primera mención en la literatura española aparece en las Cartas marruecas de Cadalso) y la reglamentación de las corridas de toros tal y como hoy las entendemos. (4)

La invasión napoleónica y el conflicto bélico subsiguiente no harán sino afianzar una imagen especular anti-francesa que, en esas circunstancias, en el marco de una violentísima lucha por la independencia, parece adquirir mayor legitimidad. Pero aunque la nueva imagen andalucista surge dentro del país y como...

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