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Article Excerpt I. INTRODUCCIÓN
Una Misión de Paz de las Naciones Unidas genera, como toda intervención externa, un choque de percepciones e ideologías. No habrá nunca una coincidencia completa entre las visiones de quienes han recibido el mandato de intervenir y aquella que tienen de sí mismos los ciudadanos de la nación intervenida. Por más que los primeros practiquen el respeto y la dedicación, la realidad intervenida les resultará siempre enigmática y el desarrollo de su tarea será arduo; por más disposición que muestren los segundos hacia la intervención, siempre habrá en ellos una herida en sus sentimientos de dignidad nacional, junto a la idea de que hay un error básico en la percepción que el otro tiene del país. Pronto surgirá en algunos locales la tentación de descalificar la comprensión de los foráneos. De utilizar la caricatura o la diatriba como un arma arrojadiza contra sus interventores (1).
De la misma manera, por muy desprejuiciados que sean los que intervienen, siempre se filtrarán en su perspectiva las preocupaciones e ideologías que traen consigo. Necesariamente arrastrarán el peso y el valor de sus experiencias nacionales, de sus propios conflictos internos, de sus construcciones políticas. Y quienes les reciben levantarán como bandera, en parte como consecuencia, la idea de que las soluciones que les son propuestas son ajenas, ya sea porque sienten que los que las hacen no tienen derecho a hacerlas, o bien porque las creen extrañas a su singular y excepcional construcción histórica. En consecuencia, por más neutralidad que aleguen quienes intervienen, y abiertos hacia su acción sean los intervenidos, el intercambio de acusaciones de parcialidad por una parte y de obcecación por la otra estará siempre a flor de labios.
Estas consideraciones --importantes como son-- no deberían resultar en impedimentos para actuar. Porque si los que intervienen se aplican de verdad a promover la reconstitución de una legitimidad interna, los alegatos contrarios se diluirán y habrá una mayoría dispuesta a dar los pasos necesarios para recuperar su soberanía, usando en el camino la asistencia de los que acudieron en nombre de la comunidad internacional.
Estas reflexiones pueden ser útiles en el análisis de un caso como el de Haití y de la más reciente de las operaciones internacionales en ese país. Primero, por las extraordinarias características de esa nación, donde la compleja relación de una identidad heroica y libertaria con una lista larga de intervenciones extranjeras genera en la población actitudes ambivalentes hacia el extranjero. Enseguida, porque esta última intervención internacional en Haití fue autorizada por el Consejo de Seguridad en el marco del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, que facultaba a la Misión a usar la fuerza dentro de un Estado soberano, miembro de las Naciones Unidas, donde no había propiamente una guerra, sino un enfrentamiento entre facciones a la larga minoritarias y el peligroso pulular de bandas criminales financiadas por los intereses de la droga. Pero a la vez, porque la Misión --a pesar de sus atribuciones de guerra interna-- estaba condicionada por el Consejo de Seguridad a actuar > de un gobierno provisional, es decir, a operar en muchas áreas vitales para el éxito de la operación, de manera subsidiaria a un gobierno que actuaba prácticamente en ausencia de un Estado, carecía de legitimidad democrática y tenía graves problemas de unidad interna. Todo eso hizo indudablemente más compleja la relación de interventores e intervenidos.
Pero si estas características adquirían en el caso haitiano una relevancia particular, era principalmente porque el conflicto interno que se pretendía reducir revestía en la práctica un carácter esencialmente político y solo muy secundariamente un carácter militar. De esta manera, el cruce de percepciones sobre el sentido político de la intervención se transformó desde muy pronto en la cuestión central que debía ser resuelta, y fue el terreno principal de interacción y conflicto entre los actores internos y externos. Así, la esencia del problema de la Misión de Paz --en su inicio-- radicó en la orientación política que se pretendía dar al proceso de transición. Y tan importante fue conocer la fuerza militar de que disponían los violentos, como fue comprender las intenciones de los actores políticos respecto de aquellos, las señales que emitían respecto de la estabilización de la sociedad y la interpretación de > adoptadas en distintos momentos del proceso de interacción de las élites locales con la fuerza interventora.
Esta cuestión es central. Plantea en términos generales la complejidad que adquiere el rol político de los mandos de una Misión de Paz, y la relación entre las tareas de naturaleza política y aquellas de naturaleza militar y policial que caracterizan en principio este tipo de operaciones internacionales. Se vincula directamente con el dilema de la relación entre la urgencia de detener la violencia en el menor tiempo posible y de intentar comprender y luego desactivar aquellas cuestiones de fondo que se hallan tras el caos que se pretende controlar: esencialmente el desempleo, la miseria y el abandono de millones de personas. Y la manera en que se planteen estos temas será determinante para el tipo de relación que se establece con las élites locales, con los intereses y las percepciones ideológicas con las que estas construyen su realidad.
Sucede que necesariamente algunos miembros de la élite considerarán más ofensivo hacia sus sentimientos nacionales el que la Misión ,,intervenga en política>>, que la propia presencia de tropas en el territorio. Tras intentar por todos los medios de atraerla hacia sus intereses de grupo, concluirán que la Misión se ha equivocado y su concepción es errada, incluso peligrosa. Algunos imaginarán toda suerte de hipótesis conspirativas. Otros se restarán de cualquier esfuerzo que promueva la Misión. Pero...
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